Marcos 2:1-12
Jesús acaba de llegar a Capernaúm y se está hospedando probablemente en la casa de Pedro. La multitud se ha reunido para escuchar las enseñanzas y la casa ha quedado llena y sin espacio; nadie puede ingresar. Un hombre paralítico ha buscado la ayuda de cuatro hombres para buscar cómo ingresar a la casa donde se encuentra Jesús. Los cuatro hombres ayudan a subir al paralítico al techo de la casa y, haciendo una abertura, bajan al hombre en camilla. Jesús, viendo la fe de ellos, le dice al hombre paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”.
Inmediatamente, los escribas sentados en la casa empezaron a acusar a Jesús de blasfemia en sus corazones porque, siendo un hombre, perdona pecados. Ellos estaban en lo correcto; solo Dios tiene la autoridad de perdonar pecados. Isaías 43:25 y Éxodo 34:6-7 enseñan que Dios es el único que puede borrar transgresiones, perdonar iniquidades y perdonar pecados. Después de todo, para ellos, Jesús es un simple hombre cuya declaración es considerada blasfemia. Sin embargo, los escribas no comprendieron que Jesús era el Dios-hombre encarnado y que tenía la autoridad en la tierra para perdonar pecados.
¡Jesús es Dios! Él es la segunda persona de la Trinidad. Él tiene la autoridad para perdonar pecados y sanar. Por eso Jesús le dice al paralítico: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Marcos 2:10). La multitud ese día fue testigo de un milagro asombroso que no había visto antes. Las Escrituras no nos dicen qué pasó con el hombre paralítico después del milagro. Solo sabemos que la multitud empezó a darle gloria a Dios.
Parecía que el paralítico quiso buscar la forma de encontrarse con Jesús. Quizás había escuchado sobre los milagros que había hecho y buscaba su sanidad. Pero en su encuentro con Jesús recibió más que la sanidad física; también recibió la sanidad que su corazón necesitaba: la reconciliación con Dios al ser sus pecados perdonados. Como el paralítico, todos nosotros hemos pecado y necesitamos urgentemente la reconciliación con Dios. Por esta razón, en su gran amor, Dios nos dio a su Hijo Jesucristo para que todo aquel que ponga su confianza en la obra de Cristo en la cruz y la resurrección reciba el perdón de pecados.
Si creemos, nos arrepentimos y ponemos nuestra confianza en la obra de Cristo, también recibiremos el perdón de nuestros pecados.