Humildad
Gracia y Fe

Cuando conozco personas nuevas, casi siempre hay un patrón de preguntas que nos hacemos:

¿De qué país eres?, ¿dónde estudiaste?, ¿en qué trabajas? y ¿en qué ciudad resides?

Con el paso del tiempo me di cuenta de que muchas veces asociamos las respuestas a estas preguntas con la posición socioeconómica de las personas en la sociedad.

Pero cuando visitaba países latinoamericanos, comencé a escuchar con frecuencia en mis conversaciones: "Vengo de un lugar humilde." Al principio, cuando escuchaba esta frase, no entendía el uso de la palabra "humilde," porque asociaba la palabra humildad con la palabra en inglés "humble", que suele no utilizarse de la misma manera para describir a una persona con pocos recursos económicos.

Esto me llevó a cuestionar: ¿Cómo define la Biblia la humildad?

Las Escrituras nos demuestran que el mayor ejemplo de humildad es Jesús, quien se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte (Filipenses 2:8-9).

Los evangelios nos muestran cómo Jesús ejemplifica la humildad perfecta. Porque siendo Dios, no se agarró de esto, sino que se hizo uno de nosotros y entregó su vida en la cruz recibiendo el castigo que nuestro pecado merecía (Isaías 53:5–6).

Si Cristo, siendo Dios, se humilló, ¿qué nos demuestra su humildad para nosotros?

En Cristo vemos la humildad en su obediencia perfecta. Siendo Dios Hijo, no fue obligado a entregar su vida. Él la entregó voluntariamente, sometiéndose a la voluntad de Dios Padre por amor a los pecadores (Juan 10:15).

Segundo, vemos que la humildad de Jesús no depende de recursos. En el aposento alto, Jesús se humilla, lavando los pies de sus discípulos, sirviéndoles como un siervo y no buscó el reconocimiento de otros (Juan 13:4-5).

Tercero, la humildad de Cristo nos revela nuestra necesidad de Él. Cristo se ofreció para recibir el castigo que nosotros merecíamos y resucitó al tercer día, venciendo la muerte. Su obra redentora nos demuestra que no podemos salvarnos por nuestros propios méritos.

La humildad de Cristo nos confronta con la realidad de que nuestros recursos o posición socioeconómica no nos dan salvación.

Esto no quiere decir que no deberíamos aspirar a buscar un mejor trabajo o una mejor educación.  El problema es cuando nuestros corazones se aferran a estas cosas externas pensando que no necesitamos salvación por medio de Jesucristo.

Por eso una persona exitosa y una persona que viene de un lugar humilde igual necesita la gracia de Dios para ser perdonada, recibir un corazón nuevo, venir a Cristo y poner su confianza en la obra salvadora de Jesús en la cruz del Calvario (Juan 3:16).

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No todos somos hijos de Dios