Por qué dejé de ser pentecostal
Este escrito es una respuesta a lo que muchos que me conocen me preguntan: por qué no soy o dejé de ser pentecostal.
No podré exponer todas mis razones, pero quisiera presentarles algunos de los puntos principales que me llevaron a esta decisión.
Recientemente, de regreso a mi casa después del trabajo, tomé un taxi donde el chofer me comenzó a hacer preguntas bíblicas. Cuando llegamos a mi destino, pasamos más de 20 minutos conversando sobre diferentes posiciones doctrinales. Al final, oramos juntos y le dije que cuando quisiera podía acercarse para seguir conversando y hacerme preguntas.
Él era pentecostal y no entendía por qué yo no lo era. Después de explicarle algunas de mis razones, pudo comprender mejor mi posición. Tuvimos una muy buena conversación a pesar de nuestras diferencias doctrinales.
No dudo que dentro del movimiento pentecostal haya hombres y mujeres que aman a Cristo y procuran ser fieles a las Escrituras. A muchos los considero sinceramente mis hermanos y hermanas en la fe.
Por eso, mi intención en este escrito no es afirmar que todo pentecostal sea un falso creyente, sino explicar por qué hay ciertas doctrinas y prácticas propias de sectores del pentecostalismo que no puedo sostener a la luz de las Escrituras.
1.La Biblia como autoridad, no las experiencias
La autoridad no son nuestras experiencias, sentimientos o impresiones, sino la Palabra de Dios. Dios nos ha dado en las Escrituras aquello que necesitamos para conocer la verdad que Él ha querido revelarnos y para vivir conforme a su voluntad.
Por eso creo que toda experiencia espiritual debe ser examinada a la luz de la Biblia, y no que la Biblia deba ser interpretada a la luz de nuestras experiencias. No usamos la Biblia para buscar cómo justificar algo que hemos experimentado; más bien, dejamos que la Palabra de Dios examine y corrija nuestra manera de pensar y nuestras experiencias.
Y sé que muchos pentecostales estarían de acuerdo con esta afirmación. Sin embargo, en la práctica y aplicación, en varias iglesias pentecostales que he conocido o visitado, he observado que la experiencia ocupa un lugar demasiado importante al momento de determinar lo que Dios está haciendo o diciendo.
Aquí quiero ser claro. La regeneración es una obra real del Espíritu Santo en la vida del creyente, y sus efectos ciertamente pueden ser experimentados. De igual manera, el fruto del Espíritu se hace visible en la vida del cristiano. No estoy negando que la vida cristiana tenga experiencias reales.
El problema surge cuando expresiones como “Dios me dijo”, “Dios me mostró”, "sueños", "visiones" o impresiones personales comienzan a recibir un peso más alto que la Palabra de Dios. Cuando nuestras experiencias subjetivas determinan lo que creemos que Dios está diciendo, corremos el peligro de elevar nuestra experiencia por encima de aquello que Dios ya ha revelado claramente en las Escrituras.
En una ocasión escuché comentarios como lo siguiente:
"hay muchos que conocen mucha biblia pero no saben nada del Espíritu"
"la letra mata y el espíritu vivifica"
"hay que vivir en el espíritu"
Aquí debemos tener mucho cuidado y habla a lo que vengo diciendo. Algunas de estas expresiones utilizan lenguaje que encontramos en la misma Biblia.
Pablo, por ejemplo, escribió que “la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Corintios 3:6), y también nos llama a andar por el Espíritu (Gálatas 5:16).
El problema no está en esas palabras, sino en lo que queremos decir con ellas. En ocasiones he escuchado estas expresiones utilizadas como si existiera una oposición entre conocer profundamente las Escrituras y vivir por el Espíritu.
Pero no creo que la Biblia nos permita hacer esa separación. Sería absurdo decir que más es el Espíritu que la misma palabra de Dios, la cual es obra e inspirada por el mismo Espíritu Santo.
Por eso, conocer la Palabra de Dios y vivir por el Espíritu no deberían enfrentarse entre sí.
2 Timoteo 3:16–17 (NBLA) — “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.”
2.La experiencia por encima del entendimiento
Otra de las razones por las que dejé de identificarme con el pentecostalismo fue observar que, en muchas de las iglesias que conocí, una parte importante del servicio estaba enfocada en tener una experiencia: sentir la presencia de Dios, emocionarse con la música, llorar, danzar o tratar de experimentar algún momento espiritual intenso.
Por ejemplo, he visto subir el volumen de la música incluso durante el sermón o en momentos de llamado, creando un ambiente diseñado para provocar una respuesta emocional. El peligro es que esa emoción puede llegar a confundirse con arrepentimiento genuino, cuando el verdadero arrepentimiento implica reconocer nuestro pecado, volvernos a Dios y creer en Cristo.
No estoy diciendo que las emociones sean malas. Podemos emocionarnos al cantar, llorar al escuchar la Palabra de Dios o sentir gozo al congregarnos con otros creyentes. El problema es cuando la experiencia se convierte en el objetivo principal del servicio.
Durante años vi personas salir de un servicio diciendo que Dios se había movido poderosamente porque hubo mucha emoción, música o manifestaciones, pero sin poder explicar qué habían aprendido acerca de Dios, de Cristo, del evangelio o de las Escrituras.
Incluso recuerdo preguntarles a algunas de esas mismas personas: "¿Qué es el evangelio?", y no podían explicarlo claramente. Había habido una experiencia, pero poco entendimiento bíblico.
Creo que cuando nos congregamos no solamente debemos preguntarnos:
“¿Qué sentí?”, sino también:
“¿Qué aprendí acerca de Dios?”
“¿Qué entendí de su Palabra?”
“¿Cómo debo vivir ahora a la luz de lo que he escuchado?”
El cristiano no necesita simplemente una experiencia cada domingo. Necesita conocer cada vez más profundamente al Dios que adora, al Dios que se ha revelado por medio de su Palabra.
3. Las manifestaciones no son la medida de la obra del Espíritu
Otra diferencia importante tiene que ver con la manera en que reconocemos la obra del Espíritu Santo. En muchos ambientes pentecostales que conozco, ciertas manifestaciones visibles eran consideradas evidencia de que Dios estaba obrando espiritualmente: personas cayendo, hablando en lenguas, temblando, gritando o teniendo alguna experiencia extraordinaria.
Pero cuando leo el Nuevo Testamento, veo que la obra del Espíritu Santo no se mide principalmente por manifestaciones externas, sino por la transformación que produce en la vida del creyente.
Pablo dice acerca del fruto del Espíritu:
Gálatas 5:22–23 (NBLA) — “Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio”.
Una persona puede tener una experiencia intensa durante un servicio, pero la pregunta importante es qué sucede después. ¿Está creciendo en santidad? ¿Ama más a Cristo? ¿Está creciendo en amor por los demás? ¿Hay arrepentimiento, dominio propio y obediencia a la Palabra de Dios?
Aquí también se encuentra una de mis diferencias doctrinales más evidentes con el pentecostalismo. Porque creo que ciertos dones extraordinarios y revelatorios que acompañaron el ministerio de los apóstoles, como las lenguas, la profecía y las señales apostólicas, tuvieron un propósito particular durante el establecimiento de la iglesia y no continúan funcionando hoy de la misma manera.
Esto no significa que crea que el Espíritu Santo ha dejado de obrar. Todo lo contrario. El Espíritu regenera, santifica, ilumina nuestro entendimiento de las Escrituras, produce su fruto en nosotros, nos ayuda en nuestra debilidad y distribuye dones para la edificación de la iglesia. También creo que Dios puede sanar y responder nuestras oraciones según su voluntad.
Mi diferencia está en identificar ciertas manifestaciones extraordinarias como evidencia de que una persona está “llena del Espíritu” o de que Dios estuvo especialmente presente en un servicio.
La evidencia de la obra del Espíritu no debería buscarse en una manifestación momentánea, sino en una vida que está siendo transformada conforme a la Palabra de Dios.
Un ejemplo de esto son quienes actualmente se hacen llamar apóstoles y afirman poseer dones de sanidad. Si alguien afirma tener el mismo tipo de don que encontramos en el ministerio apostólico, creo que esa afirmación debe ser examinada cuidadosamente a la luz de las Escrituras.
Cuando una persona no es sanada, no podemos simplemente concluir que le faltó fe. La Biblia misma nos muestra creyentes fieles que enfrentaron enfermedades y sufrimiento. Dios puede sanar, y debemos orar por los enfermos, pero la sanidad continúa estando bajo la voluntad soberana de Dios.
Y esto me lleva a otro punto importante.
4. La fe como medida de lo que Dios puede o no puede hacer
En algunos ambientes pentecostales también escuché enseñar que lo que Dios hará depende de cuánto creemos. Si alguien recibe algo, fue porque tuvo suficiente fe; si no lo recibe, entonces aparentemente le faltó fe.
Pero la fe bíblica no es una fuerza que obliga a Dios a actuar ni una medida que determina cuánto poder puede ejercer Dios.
Tener fe significa confiar en Dios, en su carácter, en sus promesas y en su voluntad, incluso cuando Él no responde de la manera que nosotros esperamos.
Un ejemplo de esto son quienes utilizan frases como "si lo crees, sucederá", "activa tu fe" o "decláralo"
Estas frases pueden transmitir la idea de que nuestra fe es lo que activa el poder de Dios o determina lo que Él hará. Pero el nivel de mi fe no controla la voluntad de Dios. Dios es soberano y actúa conforme a su voluntad y sus propósitos. El hace como él quiere cuando él quiere y con quien él quiere.
5. La gracia, no el legalismo exterior, como señal de salvación
Otra de las cosas que más me llevó a alejarme de ciertos ambientes pentecostales fue observar cómo algunas prácticas externas se convertían en una medida de espiritualidad o incluso de salvación.
En algunas iglesias pentecostales, la manera de vestir, ciertos estilos de música, el cabello, el maquillaje o determinadas costumbres podían recibir un peso demasiado grande al momento de evaluar la condición espiritual de la persona.
No estoy diciendo que la manera en que vivimos no importe. La gracia de Dios no nos lleva a vivir en pecado; al contrario, nos enseña a renunciar a la impiedad y a vivir en santidad. Pero la santidad bíblica comienza en un corazón transformado por Dios y produce obediencia como fruto, no como medio para ganar su favor.
Mi salvación no descansa en reglas externas, sino en la obra de Cristo. Somos salvos por gracia mediante la fe, no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9).
Por eso, no considero que una persona sea más espiritual simplemente por cumplir ciertas normas externas. La pregunta más importante es si ha sido regenerada, si confía en Cristo y si su vida está produciendo el fruto de esa nueva vida.
Cuando comencé a entender mejor la gracia de Dios, experimenté una libertad que antes no conocía. Entendí que no tenía que abandonar mi cultura, adoptar ciertas costumbres o aparentar ser algo que no era para demostrar que pertenecía a Cristo. Mi identidad como cristiano no dependía de conformarme a reglas creadas por hombres, sino de pertenecer a Cristo.
Esa libertad no significa vivir como yo quiera, sino vivir para Cristo sin añadir a su Palabra cargas que Él no ha puesto.
Conclusión
Estos son solamente algunos de los puntos principales que me llevaron a dejar de identificarme con el pentecostalismo. Hay otras diferencias doctrinales que podrían mencionarse, pero mi intención aquí no ha sido responder a cada una de ellas. Haré más escritos mientras tanto para explicar otras diferencias doctrinales.
No dudo que dentro del pentecostalismo haya hermanos y hermanas que aman sinceramente a Cristo, creen en el evangelio y desean ser fieles a las Escrituras. A muchos los considero verdaderamente parte de la familia de Dios.
Sin embargo, después de examinar estas doctrinas y prácticas a la luz de las Escrituras, llegué a la conclusión de que yo no puedo sostenerlas ni identificarme con ellas. Mi deseo no es atacar a quienes piensan diferente, sino permanecer sometido a la Palabra de Dios y seguir creciendo en el conocimiento de Cristo.
Al final, nuestra identidad no debería descansar en llamarnos pentecostales, bautistas, reformados o de cualquier otra tradición, sino en pertenecer a Cristo y procurar ser fieles a su Palabra.

